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domingo, 04 de julio de 2010
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fantasma" en casa de la abuela
Crecer entre fantasmas no es
cosa de risa. Mucho menos cuando en los primeros años de la niñez
uno se tiene que enfrentar a ese cosquilleo que entra por la planta
de los pies y se riega como un choque eléctrico que recorre de abajo
a arriba la espina dorsal. Si alguien me preguntara ahora qué se
siente el miedo, yo contestaría con esas mismas palabras: un frío
por cada vértebra de la espina dorsal.
Ese mismo pellizco de electricidad en la espalda lo siento desde
muy niña y lo tengo perfectamente ubicado en tiempo y contexto: la
vieja casa de mi abuela. ¿La causa? un fantasma que mis tíos y mi
abuelo llamaron cariñosamente "El Cuatito".
La casa de mis abuelos, en una colonia popular de
la ciudad de México, debieron haberla comprado por ahí de los 50's.
De mala planeación, sin arquitectura y con remedos de cuartos que se
añadían conforme crecía la familia o las familias que en ella
habitaban, la casona se llenaba de tíos, nueras y nietos todo el fin
de semana. Fue ahí cuando comenzó todo.
En esa casa donde predominaba la oscuridad, lo distinto era que
tenía el baño separado de la casa, como si se tratara de una
habitación a parte. Al fondo vivía una tía, recién casada. Subiendo
las escaleras, vivía otra de mis tías y sus dos hijos. Mis abuelos
habitaban la parte grande de la casa y aún había dos tíos varones
solteros viviendo con ellos.
Lo que más sobresalía de la casa de los abuelos era una enorme
escalera sin barandal. Peligrosa para nuestros tiempos, pero que en
la lejana infancia era la favorita para jugar con los primos a "las
traes" (tag, para los que no entiendan). Esa escalera
también era el atajo para llegar a la cocina, pasando por una
pequeña ventana. Eso sí, siempre teniendo cuidado de que no
cayéramos en las ollas de guisos hirviendo que estaba justo debajo
de ese punto de fuga.
Entre pláticas de primos, en espera de que los padres hicieran
menos duradero el suplicio de estancia con los abuelos, fue cuando
comencé a enterarme de la existencia de una misteriosa sombra.
Mi hermano fue el que comenzó. Y yo, a mis ocho años, no daba
crédito de lo que estaba relatando...
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página original del artículo:
http://www.univision.com/conte
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